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Relato: Un Espectáculo Dantesco





Relato: Un Espectáculo Dantesco

- Esto es un espectáculo dantesco.- dice Luisina a la salida
de un restaurante cinco estrellas mientras se aferra a mi brazo y observa a una
docena de niños menores de diez años como se trepan sobre una montaña de bolsas
negras de basura en busca de su cena. Clava uno de sus finos tacos aguja entre
dos baldosas y repite enardecida... – Esto es un espectáculo dantesco.-


- Ves – le digo resignado y con un nudo en la garganta. – He
allí la profunda noche de Argentina, de futuro saboteado, las esperanzas
deshaciéndose tal cual suspiro en el viento... que impotencia... que ganas de
llorar.


- Si... que ganas de llorar. Estos zapatos me costaron
trescientos malditos pesos.


- Ellos serán hombres, ¿no te das cuenta?.


- Si si si... malditas calles de Buenos Aires y malditas sus
baldosas.


Hace mas de un año que Luisina pretende dejar de ser la
típica modelito sin cerebro, y para ello tomó medidas tales como leer a los
grandes autores de la literatura española, ir a cuanta obra teatral se le
cruzara en el camino y conocer a otro tipo de personas... mas cultas, dice ella.
Se esmera, intenta e intenta, pero nadie puede nadar contra su propia
naturaleza. Interiormente lo sabe.


Por mi parte, trato de apoyarla, me esfuerzo por arrancarle
su arraigado narcisismo idiota y esa frialdad hacia los demás, pero Lu es
incorregible... perfecta en cada curva, cada línea, cada pliegue... hermosa por
donde se la mire, hasta que habla.


- Amor... olvide decirte que hoy debería llegar mas temprano
a mi casa. Es que el cabello reclama con urgencia un necesario y refrescante
baño de crema. ¿No té molesta?.-


Suerte, me digo, mientras dentro de mi cabeza retumba la
campana que anuncia el final de otro round. Cuatro horas continuadas con esta
dulce mujer han sido suficientes para mí.


- ¿Molestarme?. Todo sea por tu belleza.- Un beso sobre los
labios, tan frío como nevisca antártica, tres o cuatro sonrisas, en demasía
arrugan, dice. No me toques el cabello, te he dicho que lo tengo hecho un
desastre, mi amor, ¿qué no entiendes?. Ok, me voy... nos hablamos, dice mientras
levanta el brazo para detener a un taxi y zambullirse en el oscuro asiento
trasero. Nos hablamos, alcanzo a balbucear, mientras ese rostro perfecto
desaparece entre el feroz trafico de Corrientes y Florida.


Comencé a caminar hacia la inmensa Avenida 9 de Julio,
pateando papeles, latas de cerveza, filtros de cigarros y observando... esta
noche la calle se encuentra atestada de parejas tomadas de la mano o abrazados,
sonriendo el excedente de sus latidos, perdiéndose en los ojos del otro... mas
allá de ellos.


¿Es que el amor ha decidido esta noche salir a la calle?. ¿Se
han complotado en mi contra todas las parejas de la maldita ciudad?. Un poco de
razonamiento, claro que no, tan solo esta noche puedo ver claramente que siempre
evité apreciar las felicidades ajenas para no desnudar la infelicidad propia.


- Che, flaco.- Escucho al pasar por el costado de una montaña
de bolsas negras ubicadas en una esquina. Ignoré el llamado a pesar de que iba
dirigido a mi persona... solemos convertir en entes invisibles a las personas
que con su sola presencia, nos ponen cara a cara con la miseria, en el ultimo
peldaño del abandono y el olvido, mostrándonos así lo que seríamos de haber
nacido en el sitio equivocado. Nos incomoda pensar que podríamos ser ellos...
lastima la realidad... y evitamos ese "espectáculo dantesco".


- Che, vos flaco. El de la camisa fina.- No me quedó otra
alternativa que voltear hacia ellos, es mejor no mostrarles los dientecillos
blancos de perro pequinés a una pandilla de leones.


- ¿Sí?.-


- ¿Tenes un cigarro?.-


Eran dos tipos altos y delgados, de aspecto andrajoso. Ambos
poseían sendos sobretodos negros que se desparramaban sin complejos por el piso
y grandes gorros oscuros de lana que cubrían, seguramente, la mugre de sus
cabellos.


Cuando me acerqué con el paquete de cigarros en una mano,
noté que detrás de ellos sobresalían unos caños cromados tapados con una manta
de varios colores.


- Uhhh... un Marlboro -, dijo uno de ellos examinando el
largo y la textura del cigarro como si se tratase de un auténtico habano cubano
proveniente de las oficinas gubernamentales de mismísimo Fidel Castro. - ¿Me
darías otro, man?.-


- Quédatelos.- le dije arrojándole el paquete para que con su
mugrienta mano ataje en el aire su recorrido. No moriré por un paquete de
cigarros, mi vida no vale un maldito paquete de cigarros, pensé.


Fue en ese momento, cuando el paquete aterrizaba en la oscura
palma, que la manta multicolor detrás de ellos cayó al piso y descubrió de entre
las sombras a una joven de unos dieciocho años sentada sobre una silla de
ruedas.


- Ella es Soledad, mi hermanita -, me dijo el que tenía el
motín en mano. – El puto volantazo de un borracho le tiró un auto encima y ahí
la tenes. Inválida, inservible y virgen.-


La chica tenía la cabeza rapada, un piercing en su ceja
izquierda y otro en su labio inferior, una remera negra grande con la estampa de
Jim Morrison en el frente y sus piernas, delgadas como ramas en pleno otoño, con
las rodillas pegadas y los tobillos muy separados uno del otro. Una imagen
realmente deprimente, penosa... pero me detuve en la inmensidad de su pálido
rostro, en esos dos enormes ojos húmedos, resignados, acabados, de brillo
azulado trasluciendo el dolor que en su alma se alojaba.


- Loco, ¿no tenes un porrito? -, me preguntó el otro mientras
apoyaba su oloroso culo en uno de los brazos de la silla de ruedas.


- Me pedís cigarrillos, me pedís porro... ¿no querés que te
pague un pasaje a Barcelona para ver a Joaquín Sabina? -, le respondí ofuscado,
con mi mirada abarcando a ese rostro de ángel caído por la desgracia y la perra
suerte. Que destino cruel el de algunas personas.


- Mas respeto cabrón, ubicate o acaso crees que estas
hablando con tus compañeritos de oficina. Acá mandamos nosotros, pedazo de puto.
-


- Ya lo sé, disculpas si los ofendí, no fue mi intención.
Pues me tengo que ir, que disfruten de los cigarros. Ha sido un placer.- La mano
se estaba poniendo dura y mi orgullo solo logró embarrar la situación, lo único
que deseaba era irme cuanto antes de ese hervidero. Cuando intenté dar media
vuelta una pesada mano se posó sobre mi hombro.


- No... blanquito, vos te quedas acá. Noté que miras a mi
hermana mas de lo debido, creo que te gusta. ¿No es así?.-


No podía decirle que su hermana no me gustaba en lo mas
mínimo, que su aspecto me daba lastima, el tipo se encabronaría más y realmente
no quería eso, claro que no. Permanecí en silencio, ella solo miraba con esos
ojitos tristes a punto de llover. No emitía palabra alguna, es como si ya no
tuviese mas nada que decir, como si su cuerpo careciera de fuerzas.


- Chicos, no se confundan, es muy bonita pero tengo novia...
solo miraba.- Mi voz temblaba como un junco en medio de una tormenta, y mis
manos acompañaban a ese temblor interior en conjunto con mis piernas.


- Cabroncito, te gusta... ya lo sabía, jajaja. Viste Soledad,
ya tenemos quien te rompa la cosita de una vez y para siempre.-


Por unos instantes creí que se trataba de una broma, pero sus
miradas me decían todo lo contrario. Mierda, me dije, no puede ser. Esto no
puede estar sucediendo. No a mí. ¿Qué hago?. Pensé en correr pero esa idea se
evaporó cuando uno de los tipos, imaginando mi intención de huir, sacó de su
sobretodo un arma plateada y larga como el mismo Obelisco. Mi rostro palideció y
mis labios se secaron. Esto no puede estar sucediendo, me repetía, mientras la
luna se reflejaba en el grueso cañón dirigido hacia mi frente.


Soledad, la joven, bajó la mirada y continuo sumergida en las
aguas de su gris silencio. La miré... sentí pena por ella, mucha pena... parecía
que ya nada le importaba, que le resultaba exactamente lo mismo tener su primera
vez ahora o nunca jamás. Duele ver el vacío de la muerte reflejado en los
hombros caídos de alguien, duele por dos si ese alguien tiene toda una vida por
delante.


- Bueno flaco, es hora de darle una alegría a mi hermanita.-


- ¿Están hablando en serio?. Ustedes están totalmente
desquiciados.-


- ¿Qué estas esperando cabroncito, que te pegue un tiro en la
cabeza?.-


Jamás temblé tanto como en ese momento, mi cuerpo era un
resumen de ondulaciones y cosquilleos, el reflejo de una imagen sobre las aguas
de un charco agitado. Peor cuando el largo del arma apoyó su brillante orificio
de fuego sobre mi frente, entre ceja y ceja... en menos de un segundo mi presión
se encontraba en un estado de descompensación tal que las piernas parecían no
querer sostenerme.


- ¿Qué esperas?. No tenemos toda la noche, blanquito.- No
quedaban dudas... realmente estaban desquiciados y peor, hablaban en serio. Ella
permanecía impávida, fuera de este mundo y su mierda, sin un solo gesto que
demuestre que estaba, al menos, viva. Me detuve en su mirada, directo a sus
pupilas, debajo de sus córneas... no tengo muchas opciones si es que quiero
seguir vivo, tripa y corazón, pensé, mientras más rápido, mejor.


- ¿Tiene que ser aquí?.-


- Encima que vas a coger gratis, ¿pretendes hacerlo en el
Hilton Hotel?. Cabrón, basta de rodeos o te vuelo la tapa de los sesos.- Sus
altos y harapientos cuerpos se separaron dejándome el camino abierto hacia la
pequeña inválida que permanecía entre las sombras... ¿Dónde más?.


Me arrodillé en el piso y mi rostro quedó a la altura del
suyo... pobrecilla, tan joven y sumida en la desgracia. Miré hacia los tipos y
estos mostraban sus espaldas... quizá era el momento para huir despavorido, pero
me bajarían a tiros apenas hiciera tres pasos.


- Soledad, no es mi intención lastimarte, es esto o mi
muerte. Espero que puedas entenderlo y perdonarme si esto no es lo que soñaste
para tu primera vez.-


Su silencio se quebró cuando aquéllos pálidos labios dejaron
caer una voz, casi un susurro, que atravesó las sombras del rincón. – ¿Cómo te
llamas?. Al menos quisiera saber tu nombre.-


- Omar, me llamo Omar.-


- Omar, mis hermanos están locos, mucho que ver tiene el
pasado que nos tocó vivir. Por supuesto que no tenes la culpa de ello, pero tus
pasos te trajeron a la calle equivocada en la hora equivocada. Espero que vos
puedas disculparme, sé que desearías tragarte un litro de orín antes de
tocarme... lo sé.-


- Ya veo.- Sentada en esa silla de ruedas se encontraba el
sentido común que hemos perdido entre cenas y paseos por los cómodos pasajes de
una vida en la que, no tener un televisor ultimo modelo, es sentirse un poco más
fracasado.


- ¿Y cabrón?. ¿Que mierda estas esperando, que te matemos
como a un perro?.-


Volví a mirarla a los ojos y pretendí imaginarme que frente a
mí, se encontraba Lu, mi hermosa y vacía prometida, pero con el rostro
imperfecto y sucio.


Cayeron mis párpados tal cual telón de seda mientras mis
labios se dirigían temblorosos hacia aquellos labios macilentos, desvaídos. Fue
entonces cuando un enorme beso abarcó nuestras bocas y entrelazó a nuestras
lenguas. No puedo creer que este haciendo esto, pensé. Perdón Luisina, juro que
no quedaba otra opción.


La cara de mi prometida giraba en mi mente en un torbellino
de confusiones, sus sonrisas, sus miradas, sus roces prohibidos, su dulce
vocecita y todo su narcisismo... su maldito narcisismo. El beso se tornó más
ardiente cuando Soledad rodeó con sus manos mi cuello y me empujó contra ella.
¿Quién creería que esta niña besa de maravilla?, me pregunté sorprendido. Dudé
por un instante de su virginidad y todo ese rollo, pero rayos... que importaba,
en juego estaba mi vida, un arma de brillo plateado esperaba mi tropiezo para
escupir su fuego, mi muerte.


Confieso que su lengua jugando dentro de mi boca, sus
pequeños mordiscones en mi labio inferior y el cálido aliento de su respiración,
lograron que aquella harapienta y descolorida joven me excitara en gran manera.
Aumentaron mis pulsaciones, producto de alocados latidos y mi pene comenzó a
endurecerse hasta el dolor.


No tardé en llevar mis manos hacia su espalda para que, con
vehemencia, las yemas de mis dedos naufraguen en su inmensidad. Que hermosa sos
Lu, me repetía incesantemente dentro de mi cabeza, que hermosa y que deliciosa
manera de besar. Me acerqué lo que más pude al cuerpo que tanto placer me daba,
hasta lograr sentir los latidos de su corazón rebotando contra los míos. Toc
toc... Toc toc... galope coronario, excitación en pleno vuelo. Sus dedos
entrelazados en mi nuca fueron ganando fuerza y perdiendo altura, pues al darme
cuenta, los sentí tomándome de la cintura.


Mis suaves caricias se trasladaron a sus hombros de salientes
huesos... que flaca estás Lu, jamás estuviste así... deberías comer más.
Descienden los roces hasta toparse con sus pequeños pechos... pequeños pensé y
abrí los ojos. Para que diablos se elevaron mis párpados... la realidad dura
como el asfalto me golpeaba en los ojos y en las pelotas. Esa sucia remera con
la cara de Jim Morrison traía en su interior a una joven calva y digna de
desfilar entre las nefastas consecuencias de un capitalismo caníbal. Pero sus
ojos, que hermosos ojos, que dulce brillo.


- ¿Qué haces puto?. ¿Apenas empezaste y ya pretendes bajar el
telón?.- vociferó uno de los tíos mientras me pateaba en el culo.


- ¿Quién dijo que terminé?. Solo tomaba aire.-


- ¿Estás insinuando que mi hermana te da asco?. Pedazo de
mierda.-


- No pongas en mi boca palabras que no dije.-


Soledad me abarcó con esos ojos preciosos y pude ver en ellos
la tristeza de mi rechazo. Pobre diabla, estaba apenada al ver que mi intención
era solo la de correr lo mas lejos posible de aquél lugar y perderme en el
horizonte. ¿Qué me está pasando?. Hoy me ganaré el cielo, me dije.


Los ojos se cerraron otra vez y mis labios volvieron a
acoplarse a sus labios. Si supieran con que amor y delicadeza besaba esta mujer.
Nunca antes me habían besado de esa manera. ¿Si Luisina besaba bien?. Besaba. Y
no en demasía, los labios se resecan y pierden su brillo, decía.


Posó sus manos en mis glúteos, y los apretó. Mi pene se
apretujó contra sus piernas delgadas y muertas... el ardor de la lujuria contra
mi pantalón. Sentí como sus dedos atravesaron la cintura de mi pantalón y se
aferraron a mis nalgas, paso siguiente plantaron sus roces en mis huevos. Que
profundo y enorme placer... Lu, no sabía que escondías nuevas formas de hacerme
excitar. Se fusionaron las bocas, las lenguas se entrelazaron y la respiración
fue solo una. Luisina, nunca antes había sentido esto. ¿Lo tenías escondido?.
Siempre tan fría y esta noche todos los ángeles negros del deseo se deslizan
bajo estas pieles.


Mis ojos se abrieron, y nuevamente la bizarra realidad ante
mí. Soledad me miró más ya no vio rechazo en mí. Tomé los bordes de su mugrienta
remera y la jalé hacia arriba. Levantó sus brazos mientras la prenda se
deslizaba lentamente hacia la desnudez.


- No miren o esto se termina acá. ¿Entendieron?.- Gritó
mientras la remera caía sobre una rueda de la silla.


- Si hermanita, no te preocupes. Es que solo queríamos
corroborar que este tipo no se haga el boludo.-


- Y basta de insultarlo, mamones. No se merece todo lo que le
están haciendo. Bastante tiene con hacerlo conmigo, un fenómeno de la
naturaleza.- Se miraron entre ellos sin entender nada. No podían creer que su
silenciosa hermana los reprendía como si fuesen dos infantes. Pensar que minutos
antes era ella, la viva imagen de la muerte sobre ruedas.


Ya no cerraría los ojos, tal vez por lastima a que note mi
rechazo, quizá porque me estaba gustando lo que estaba viendo... quien sabe. Su
chato vientre, sus costillas marcando las huellas del hambre en su tórax, su
ombligo, sus lunares esparcidos por la inmensidad de esa piel herrumbrosa y
descuidada, el nacimiento de sus pechos pequeños y juveniles, los perfectos
círculos de sus pezones en punta, endurecidos por la pasión y por el frío de la
brisa. Mis manos fueron partícipes de las primeras caricias incendiadas por
aquellas regiones de belleza oculta, zonas vírgenes e incólumes de roces
prohibidos.


Mis labios retornaron a esos labios, y el beso mas envidiado
por todos mis besos pasados encendieron la luna de la noche más rara de todas.
Lenguas friccionándose, bocas devorándose en deliciosa cena de placeres. Y sus
pechos abarcados por las palmas de mis manos, apretándolos, magreándolos,
sobándolos.


Jadeo una vez, luego otra y luego dejé de contar pues era
imposible lograr números exactos. Alejé mis labios de los suyos y los dirigí
famélicos hacia esos pechos en punta... mmm, labrados, firmes y algo ásperos,
pero no por eso menos suaves.


Arqueó su espalda apretando sus párpados como reteniendo toda
la pasión contenida y me puse de pie ante ella. Bajé la bragueta de mi pantalón
y este se enredó entre mis tobillos. Desde allí pude observarla detenidamente y
sonreí maliciosamente... las cosas que el destino nos impone en el camino.
Brillaban los caños cromados de la silla de rueda, pero jamás como lo hacían
esos bellos ojos claros.


Tomé de los desflecados y sucios bordes de su pollera y la
subí hasta su cintura. Una bombachita diminuta se imponía a la culminación de la
noche. Soledad permanecía con sus ojos cerrados. Quizá le daba vergüenza esa
situación, tal vez la apenaba la manera de cómo todo se dio, quien sabe.


Mis labios se hicieron susurro en su oído, - Voy a penetrarte
Sol.- Sonrió y no pudo evitar sonrojarse como una manzana madura, a punto de
caer del árbol.


Tomé sus marchitas piernas y las abrí lo más que pude. No fue
fácil, tampoco imposible. Con una mano empuñe a mi erecto pene y arrodillándome
traté de ubicarme entre sus piernas. Todo mi cuerpo cayó sobre ella, rechinó la
silla de ruedas y su vagina húmeda y trémula se abrió como una nueva flor
comenzada la primavera. Se posó mi glande entre sus labios y tras empujar varias
veces me metí dentro de ella.


Las paredes de su mojada conchita palpitaban alrededor de mi
apresado y apretujado pene. Nos movíamos como locos, las caderas, las ingles,
los vientres, los pechos, el insistente crujir de la maldita silla, el
chasqueteo de nuestros sexos, la lujuria entre llamas.


Un profundo jadeo se hundió en mi pecho mientras sentía como
acababa con mi pija dentro de ella. Con sus manos en mis nalgas me llevó contra
su hendidura y un chorro de semen le inundó las entrañas de calor.


Permanecimos un largo rato jadeando en nuestros oídos, con
los cuerpos pegados y los sexos chorreando entre nuestras piernas. Nada existía
alrededor... ni siquiera me acordaba de esos dos energúmenos.


- Es la primera vez que soñé desde siempre. Gracias por
hacerme sentir bella y querida. Sé que fue duro para vos, espero sepas
perdonarme.-


No dije nada. Sonreí de lado y subí mi pantalón. Ella se puso
la remera... Jim me empezaba a caer bien... raro. Sus ojos claros volvieron a
nublarse y decidí quitar mi mirada de ellos. Los tipos se dieron vuelta y me
miraron. – Gracias, te debemos una.-


- Muchachos, - los iba a putear como nunca lo había hecho con
nadie, pero callé... por ella callé, - Espero que no vuelvan a cometer estos
actos de vandalismo. Tienen chances, es cuestión de saber mirar.- Saber mirar,
como si lo supiera.


Comencé a caminar hacia la inmensa Avenida 9 de Julio,
pateando papeles, latas de cerveza, filtros de cigarrillos, observando dentro de
mi mente las imágenes vividas. Llevé mi mano hacia el bolsillo de mi pantalón
con el afán de tomar un necesitado cigarro. Mierda, recordé que se los había
dado a esos dos apestosos. Sonreí al recordarlo. Y esos ojos poblaron mis
pensamientos... los ojos de Soledad.


Nadie supo que ocurrió aquella noche, jamás lo sabrán... es
algo muy mío.


A los dos meses, me casé con Luisina. Siete años han pasado
de aquella ceremonia en el altar católico y su anillo de unión eterna. Tenemos
dos hijos, tres perros, una casa de dos pisos, un auto, una camioneta, dos
amantes y cero pasión... es increíble como se apagan las llamas del deseo cuando
el amor dice, es hora de sentarnos a la vera del camino. ¿Si somos felices?. No
creo en esa palabra, en este mundo careta la felicidad es un tesoro que no todos
pueden darse el lujo de disfrutar.


¿Soledad?. No la volví a ver jamas. Pero todos los viernes a
la noche desde aquel extraño día, paso por esa esquina, a veces solo, a veces
con Luisina. Siempre con la esperanza de verla y decirle que nunca la pude
olvidar. Ella fue lo mas real y hermoso que me pasó en la vida, fue el aire
fresco que mi alma necesitaba, el complemento para evitar que mi vida continuara
insípida y sin sentidos.


Sueño con perderme en esos ojos de ángel, con decirle que
quisiera volver a reflejarme en esos lagos oculares de tranquilidad y amor.


Luisina clava por enésima vez su maldito taco aguja entre dos
baldosas. – Esto es un espectáculo dantesco.- dice a la salida de un restaurante
cinco estrellas mientras se aferra a mi brazo.


La observo y golpeo la mirada contra el piso. – Aja, "esto"
es un espectáculo dantesco.-


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Relato: Un Espectáculo Dantesco
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