webcams porno webcams porno webcams porno



Pulsa en la foto
- 19 anos


Conexion desde su casa
"Imagen real



Pulsa en la foto
- 22 anos


Conexion desde su casa
"Imagen real"


Pulsa en la foto
- Edad 19


Conexion desde su casa
"Imagen real"
Click to this video!


Relato: La carta de Clara



Relato: La carta de Clara

La carta de Clara


Verás...no es fácil... me da corte, o tal vez será...
bueno... el caso es que sé que me espías. No sé cuanto tiempo hace. Siete meses.
No sé. La primera vez que me di cuenta de que algo raro ocurría fue en el cajón
de mi ropa interior. ¿Lo conoces bien, verdad?


Sencillamente aparecieron allí unas braguitas sucias que yo
sabía que había dejado en la lavadora. Sí, ya sé que muchas veces, cuando me
quito las bragas, sobre todo las que me pongo para salir, los tangas, no las
echo a lavar y las guardo en el cajón. Pero aquél día yo estaba segura de que
las había metido en la lavadora porque al volver de la calle me había desnudado
en la cocina corriendo antes de que llegaras tú o mamá. Entonces, por la noche,
abrí mi cajón y allí estaban, dobladas con descuido como yo hacía con la sucias
-¿Cuánta veces habías doblado y desdoblado mi ropa interior para que yo no me
diera cuenta?- creí que me daba un síncope: de vergüenza; de rabia; de dolor.
Porque no había más explicación que una. Y te incluía a ti. Haciendo cosas que
me parecían impensables.


Supongo que fue la vergüenza la que hizo que no le dijera
nada a mamá. Pero te odié durante mucho tiempo y supongo que tú te diste cuenta
de que me volví más rebelde contigo aunque, también imagino, que no supiste el
por qué. De lo que estoy segura es de que lo seguiste haciendo. Buscar entre mi
ropa interior sucia y... ¿cómo decirlo?... oliéndola, o lamiéndola o...
masturbándote con ella. Lo sé porque dejé alguna trampa que delatara tu
presencia en mi cuarto, revolviéndolo en busca... Y caíste. Así que a partir de
ese momento siempre supe cuando tomabas una de mis bragas –el tanga azul, de
hilo dental es el que más te gusta, ¿verdad?- por mucho que te cuidaras de
dejarlo en su sitio exactamente como te lo habías encontrado.


A partir de ahí todo fue relativamente fácil. Pensé que...
–¡qué difícil se me hace escribirte esto!-, pensé que si yo te excitaba
sexualmente, si te ponías... cachondo conmigo no ibas a conformarte con
juguetear con mis bragas o mis sujetadores sino que tratarías de verme desnuda o
a medio vestir. Y el saberlo, el suponer que eso ocurría, fue suficiente para
verte merodeando mi cuarto cuando yo entornaba la puerta, o asomarte a mis
escotes o verte a través de la ventana de vuestro cuarto de baño las veces en
que yo entraba en él a ducharme o a lavarme. En verano, cuando comenzamos a
bajar a la piscina vi como te asomabas, detrás de mí, tratando de ver debajo de
mi bikini el nacimiento del vello de mi pubis.


Claro que eso no es lo malo. Lo malo fue que me comenzó a
gustar el juego. Lo malo es que comencé a levantar el biquini más de lo
necesario, más tiempo, más veces, más arriba, justo cuando sabía que tú mirabas.
Y que eso me hacía gracia. Darte pista sobre la forma de mi vello. Y jugar
contigo. Por eso me metía en la piscina y te llamaba para abrazarte como sin
querer. Para verte azorado por mí. Para verte levantarte y ver... tu bulto...
por mucho que disimularas y torpemente te tiraras a la piscina a toda velocidad.
Lo malo es que comencé a dejar más abierta la puerta de mi dormitorio. Y a
ducharme más veces en vuestro baño.


Lo que pasa es que los hombres sois idiotas –aunque seáis
padres- y nunca os enteráis de nada. Y por eso tu atribuiste a tu audacia lo que
no era sino fruto de mi voluntad: yo entraba en vuestro baño y dejaba la ventana
lo más abierta que podía y al momento allí estabas tú. Asomado sin asomarte.
Moviéndote con cuidado para que yo no pudiera verte y pensando que qué listo
eras o qué que suerte que yo tardara tanto en darme la crema o que qué suerte
que me pintara sin ponerme la ropa interior....¡Pero qué tontos podéis llegar a
ser! Yo me colocaba en el sitio en el que sabía que tú me podías ver mejor y me
mostraba y me embadurnaba bien de crema pasando muy lentamente las manos por mis
pechos... por mis tetas... sabiendo que tú habrías comenzado a babear viéndolas
tan duras, tan levantadas hacia arriba, –las tengo lindas, ¿verdad?- y hasta me
pellizcaba un poco los pezones para que alzándose te dieran la bienvenida. Y tu
pensando que qué fortuna la tuya. La de verme mis tetas redonditas y tan blancas
–casi transparentes, ¿no?- en comparación con el resto de mi cuerpo. Qué fortuna
la de que me volviera y te enseñara mis nalgas perfectas, y mi espalda sin la
tira del sujetador, tan recorrible por un dedo o una lengua. Qué fortuna
-¿verdad?- que al llegar a las piernas, mis dedos se demorasen tanto en mis
muslos, tanto como para que tu pudieras ver lo que sólo habías intuido debajo
del biquini, el rastro negro de mi.. chichi –así lo llamo delante de ti ¿verdad,
pero no aquí, supongo- el rastro negro de mi chocho, el rectángulo aún no
demasiado espeso -¿era cómo te lo imaginabas? ¿o más ancho? ¿o esperabas un
triángulo? ¿o tapaba más de lo que esperabas?-, en el que incluso a veces se me
enredaba una uña. Qué suerte que, al agacharme, lo hiciera siempre de espaldas a
ti para que bajo mis nalgas pudieras admirar mi otra rajita, tan blanca ella,
tan suave...


¿No te dio por pensar que no era sólo debido a mi pereza o mi
mala cabeza, que mis bragas comenzaran a quedarse día sí día también en tu
cuarto de baño?


Claro que eso sigue sin ser lo malo. Lo malo fue que yo
también comencé a excitarme, papi. Supongo que era lo normal. Saber que me
mirabas, que me hacías fotos –también me di cuenta de eso- que luego usabas vete
tú a saber de qué manera, que te excitabas oliendo mi ropa interior, fue
haciendo que yo también me pusiera... cachonda. Y que quisiera saber más: más de
lo que hacías, o cuándo, o cómo lo hacías. ¡Cachonda! Sí. No hay otra palabra
que explique lo que me pasaba al pensar en ti.


Y así comencé a espiarte yo a ti. Por las noches. Cuando te
quedabas en el salón viendo la tele. O eso decías. Yo me levantaba y te
observaba desde el pasillo: a veces no habían pasado ni diez minutos desde que
yo o mamá, o las dos nos habíamos acostado; te levantabas ibas a la lavadora y
seleccionabas una de mis bragas y luego volvías –¿cómo la seleccionabas? ¿la que
aún estaba húmeda? ¿la que tenía manchas de mi flujo? ¿la que olía más... a
mí?... ¿qué olor buscabas: el... el dulce... de la orina?, ¿el ácido del flujo
de mitad del periodo?, ¿el... del sudor?... sí, como verás has hecho que me
vuelva una experta en mis propios olores, pero ¿cómo las elegías?-, volvías,
digo, y te colocabas delante de la tele, con mis bragas ante la nariz; entonces
cerrabas los ojos y aspirabas, como si anulando los otros sentidos pudieras
agudizar el olfato -¿eras eso?-; dos o tres veces hacías lo mismo y luego, te
bajabas el pantalón o sólo la cremallera y te la sacabas...


Verás. La primera vez que la vi me quedé sin respiración.
Aunque evidentemente yo estaba allí exactamente para eso. Para verla. Pero una
cosa es imaginarla y otra verla. Tenerte allí con mis bragas en una mano y en la
otra... Me temblaban las piernas y casi no podía respirar, así que me fui a mi
dormitorio y me tiré en la cama. Casi lloraba. Pero al cabo de cinco minutos
dejé de temblar y me di cuenta de la humedad. De mi humedad. Y quise volverte a
ver. Tomé aire y me levanté decidida dispuesta a no dar un paso atrás... Claro
que cuando llegué ya habías acabado. Y me volvía a la cama frustrada. Húmeda
pero frustrada. Aquella primera vez..., después de verte, me pasaba que volvía a
verla en mi imaginación, era capaz de eso, de recrearla en mi memoria... pero no
era capaz de darle un nombre. Y me tiré toda la noche hasta que fui capaz de
pronunciarla: polla. –también mi gusta verga; me gusta mucho verga-; por
supuesto aquella primera noche no me ocupé de mi humedad.


Así que, papi, sí te he visto masturbarte dos docenas de
veces: te he visto mover tu mano alrededor de tu... polla, -hemos quedado que
polla, aunque me guste, también, verga... con suavidad, casi con dulzura;
recorrerla desde abajo, desde donde nace, sobre tus testículos, como queriéndote
sacar el zumo, sobre todo al terminar,... y te he visto hacerlo con agresividad,
sólo en la punta, en ese glande que yo tenía que imaginar rojo, porque iluminado
por la televisión parecía de plata –a veces en mi cama me imaginaba que era
penetrada por una polla de acero- y te he visto hacerlo con sólo dos dedos y te
he visto llenarte la mano de saliva... y desde la segunda noche, tuve una
ventaja sobre ti, porque yo te veía hacerte... hacerte pajas... pero tú no me
veías a mí abrirme el coño por debajo del pijama y de mis bragas, ni clavarme un
dedo, ni acariciarme el pequeño clítoris con movimientos circulares, ni
presionar mis pezones mientras tu presionabas los tuyos, ni lamerme los labios
cuando tú lamías los tuyos, yo tenía ventaja sobre ti porque me excitaban dos
pajas, la tuya y la mía,... lo único difícil, sabes, fue acompasar mis orgasmos
a los tuyos... como dos buenos amantes... –¿hemos sido s eso?- pero sin
tocarnos, sin estar cerca... correrme un segundo antes o un segundo después que
tú. Sin embargo aún tenía otra ventaja: la de poderme correr una y otra vez
–pensando en pollas de acero- lamiendo... lamiendo los calzoncillos que tú
dejabas en la lavadora después de haber limpiado tu semen. ¿Qué te creías, que
era algo que sólo estaba a tu alcance? Por si no lo sabes: tu semen aún estaba
caliente y a mí me parece que sabe a menta. Alguna vez embadurné mi mano con
aquel semen ya marchito y me acaricié como loca.


Eso es lo malo. Que me empecé a poner caliente con sólo
mirarte y que yo también quería más... Ya no me era suficiente... Como a ti...
–Sí, he leído el cuento que escribiste. Puestos a espiar yo he llegado más lejos
que tú. Y he violado la carpeta de tus cuentos. Y he leído "Clara". He leído...
– Así que sí, yo también quería más. Por ejemplo verte hacer el amor con mamá.
Aunque cuando lo empecé a desear y cuando planifiqué como lograrlo no sabía que
después no podría resistirlo. No son celos. Es que yo también quiero sentir eso.
Lo que sea -soy virgen, ¿no te lo he dicho? Quizá lo imaginas. O no- que hace
que cierre los ojos de esa manera, y la cara se le desencaje y tenga que
morderse el dorso de la mano para no gritar -¿para que no me entere que estáis
follando?-, lo que sea que hace que tiemble de una manera tan bestia, tan
desmadejada... de tal manera que no reconozco en ella a mi madre... ¿Qué la
haces?


Fue en la playa. Yo me estaba duchando. O no. Vosotros
creíais que yo me estaba duchando. ¿Recuerdas que la cogiste por detrás y le
arrancaste el biquini? No se te ha podido olvidar. Yo os veía a través del
espejo de vuestro dormitorio. Te pusiste de rodillas debajo de ella. Separaste
sus piernas y comenzaste a chuparla. –¿huele ella como yo?-. Primero tu lengua
lamió sus labios, y luego, puntiaguda, como si fuera una pequeña brocha
comenzaste a pasarla por su clítoris... como si estuvieras pintando. O dando
brillo. Al cabo de un rato, ella te cogió la cabeza y te arrastró hacia ella y
tú, supongo, la penetraste con aquella lengua-brocha, o ya con una lengua-polla,
o lengua-verga... Lo que sé es que no pudisteis manteneros en pie y os
terminasteis derrumbando sobre la cama: ella con las piernas abiertas,
ofreciéndose como quien ofrece un manjar, y tú cubriéndola, comiéndola,
entregado a su chocho carnoso e inflamado


¿Hace falta que te cuente como se pusieron mis bragas? ¿Por
dónde bajaba mi flujo? La cara de mamá me tortura desde entonces...


Aquella misma noche ella te montó. Se metió tan lentamente tu
polla dentro que estuve a punto de entrar a ayudarla. Hasta a mí me dolía tanta
lentitud. Tanto placer. Imaginaba tu carne entrando en mí, llenándome...


La cara de mamá me tortura desde entonces... acabo de
escribir.... y es cierto. La cara de mamá que recuerdo cuando me meto en la
cama, o en la ducha, cuando soy capaz de mezclar dos humedades en una-, la cara
de mamá, digo, es un anuncio. O mejor: es una promesa, papi. Un regalo diferido
que una sabe que le está esperando al llegar a casa. Ya me entiendes... la cara
de mamá hace que me ponga más y más cachonda cuando pienso en ti –ahora, casi
nunca te quedas de noche frente a la televisión, aunque sé que sigues visitando
mi cajón- y que te desee como nunca.


Y eso es lo verdaderamente malo. No puedo hacerle eso a mamá.
Es decir no puedo hacer lo que quiero –y deseo, anhelo, añoro, imploro, rezo
para que ocurra- contigo –tirarme en la cama, abrirme de piernas como mamá y
esperarte, papi- porque no quiero hacerle daño a mamá. Ok te parecerá absurdo
que esta carta acabe así. Lo sé. Pero no quiero hacerle mal a mamá... y eso no
tiene vuelta de hoja... Lo siento... y por favor no me hables de esto. No me
preguntes. No quieras persuadirme... y no me espíes, por favor, deja de
espiarme. Y deja también de hurgar en mis cajones... Te lo ruego...


Si te he escrito es sólo porque imaginaba que era la única
forma de pedírtelo. Directo y al grano –¿no es eso lo que tú siempre dices?- Por
favor. ¿Será suficiente para lograr que me lo prometas un regalo? Eso espero:


Abre la caja que he dejado dentro de tú maletín... seguro que
ya sabes lo que hay... tómalas, son las más pequeñas y transparentes que he
encontrado, huélelas y pasa tu lengua por ellas cerrando los ojos, pensando en
lo que sólo unos minutos antes de meterlas en la caja he hecho con ellas:
deslizar mi mano bajo ellas, buscando el rectángulo negro, y más abajo, la
rajita húmeda, mis labios hinchados y muy calientes, mi clítoris que late cuando
pienso en ti, cuando muevo mis dedo corazón en círculos primero lentos y luego
más rápidos, a medida que me voy humedeciendo –sepo a playa en día de brisa- y
mis pezones, arriba, se levantan para saludarte, y mi dedos me estiran, formando
con mi coño un óvalo perfecto, carnoso, violeta, un óvalo de tierna lava en el
que poco a poco meto mi dedo, primero uno, el corazón, y luego los demás, como
tragados por una trampa volcánica, y los saco y los meto, sintiendo el tacto
pastoso, denso y cada vez más abundante que, a veces, me he ido limpiando en el
pedazo de tela que ahora tienes en las manos, frente a la nariz... no, no
cierres los ojos, sigue leyendo... porque no he acabado, no acabé ahí antes de
guardar tu regalo, sino que seguí penetrándome con los dedos, como me follaría
una polla de acero, sí, imagina a tu hija adolescente siendo follada por una
verga de plata... tan gorda como cuatro dedos juntos que atraviesan y horadan y
penetran y follan... o imagina tu lengua comiéndose mi coño, mi chocho,, aún
virgen, eso imaginaba mientras me masturbaba pensando en ti, papi, mientras me
hacía una paja que ahora está íntegra –¿huele a lo que tú esperabas?- en tus
manos, como un regalo... el primer y último regalo de tu amante


Clara




Por favor vota el relato. Su autor estara encantado de recibir tu voto .



Número de votos: 1
Media de votos: 10.00


Relato: La carta de Clara
Leida: 20753veces
Tiempo de lectura: 9minuto/s





Participa en la web








Contacto
Categorias
- Amor filial
- Autosatisfacción
- Bisexuales
- Confesiones
- Control Mental
- Dominación
- Entrevistas / Info
- Erotismo y Amor
- Fantasías Eróticas
- Fetichismo
- Gays
- Grandes Relatos
- Grandes Series
- Hetero: General
- Hetero: Infidelidad
- Hetero: Primera vez
- Intercambios
- Interracial
- Lésbicos
- MicroRelatos
- No Consentido
- Orgías
- Parodias
- Poesía Erótica
- Sadomaso
- Sexo Anal
- Sexo con maduras
- Sexo con maduros
- Sexo Oral
- Sexo Virtual
- Textos de risa
- Transexuales
- Trios
- Voyerismo
- Zoofilia


Afiliados































Online porn video at mobile phone





Webcams Chicas de meha-sandal.ru
Todo sobre acuarios
Si te gustan los acuarios, suscribete a neustro canal de youtube !!!
Pulsa aqui abajo .



de acuerdo con las leyes españolas e internacionales 18 U.S.C. 2257

Portal de contenido adulto administrado por :

Principal | Libro de Visitas | Contáctanos | Envia tu relato | Mis Relatos Porno.com


Online porn video at mobile phone


cuanto tiempo dura un inyección mal puesta xxxrelatos porno.netvecinas cachondassexo boyeurlimpiadora cachondapormo de madurasrelatos eoticoshistorias xxx le robo los calzones a mi suegra, relatos verdesabuela de 90 años follandomaduras arabes follandopornogratis incestodormidas folladaschochito hinchado de hija relatosamables pornorelatos de sexo en audiofiliales relatosporno padres hijoscaperucita cachondarelatos intercambio de parejapoeno madurasdesvirgandole el culopadre madre hija pornoenfemenino relatosporno gordofotos porno castigadasexhibicionistas sin bragasfollar con mi primorelatos de travestidosmaduras en orgiafollando con una mujer casadaamigas pornxgaystodorelatos analguarra borracharelatos intercambios de parejasolo incestoshijos follandose a su madremaduras fontaneroorgasmos femeninos bestialesmujeres afeitandose el coñochicas con perros xxxrelatos orgias familiaresporno relatosrelatos cortos pornosanal lesbicoxxx colegiorelato que grande la verga del inquilinolesbianas cuarentonasmujeres cornudastravestis madurasmi prima me follovideos porno gratis puritanasmadre he hija follando juntasculos perreandorelato erotico tia y adolecentemadres pilladas masturbandosejuegos gay pornomarkeze relatosmujer cogiendomuebles sabaiamorbo relatosrelatos sexo madurosfollando en la comunidadporno msdurasporno pinocho y repeto comvieja culonaporno mamas violadasdisfraces pornoporno maridos cornudosnena cachondamadura relatorelatos eroticos de la infanciacuentos eroticos para mujerespormo gratis españolxxx abuelos y nietasporno playa nudistasleer relatos eroticos gratistrios bixesualesrelatos de intercambios de parejasporno vogeurmi abuela me violaporno con profesorasporno felacionrelatos porno de amor filial hermana deprimidarelatos de sexo trasvesti mi esposa compra pantaletas para mifollando con ancianasmejor trio pornoanalismotengo sexo con mi perro